viernes, junio 22, 2018

Psicología Evolucionista de la Selección de Pareja(s)

La psicología evolucionista es la combinación de dos campos de la ciencia: la biología evolucionista y la psicología cognitiva (teoría computacional de la mente) y no ha de confundirse con psicología evolutiva pues esta última es psicología del desarrollo de un individuo. La psicología evolucionista en cambio mira como la selección natural ha moldeado el comportamiento de nuestro linaje (Dunbar et al., 2011; Evans & Zarate, 2010; Pinker, 2008, 2009). Los comportamientos conducentes a la selección de pareja (s) que aquí se exponen corresponden a sus configuraciones biológicas por defecto y no por esto son justificables pues esto sería caer en la “Falacia Naturalista”, la cual consiste en argumentar que algo es bueno porque es natural (Pinker, 2002, 2008, 2009). Además estos comportamientos son altamente modificables por la cultura.


Todo en biología tiene que ver evolución, y todo en esto último tiene que ver con reproducción. La misma asegura que los genes sean pasados a la siguiente generación. Un organismo es solo la forma por medio de la cual los genes hacen más copias de sí mismos (Dawkins, 1993). La mayoría de especies se reproducen sexualmente y la selección sexual es el segundo tipo de selección propuesto por Charles Darwin (Dunbar et al., 2011).

El sexo es algo costoso en cuanto a recursos y tiempo. ¿Por qué no nos reproducimos partenogenéticamente como clones? Tradicionalmente se ha creído que el sexo evolucionó para aumentar la variabilidad de la descendencia y mejorar así la probabilidad de que algunos sobrevivan ante un cambio ambiental. Pero Pinker (2008, 2009) dice que este no debe ser el caso, pues un organismo ya adaptado a un ambiente, no va a sobrevivir si el mismo cambia drásticamente. Hasta ahora la mejor teoría es que la reproducción sexual es una defensa contra patógenos y parásitos (Hamilton et al., 1990; Tooby, 1982). La idea es que entre nosotros, los organismos grandes, y los virus, bacterias y demás microorganismos patógenos, se ha establecido una carrera armamentista evolucionista, en la cual los hospederos (nosotros) desarrollamos mejores sistemas inmunes y los patógenos desarrollan mejores formas de infiltrarse y hacerse pasar como parte del hospedero para no ser atacado por su sistema inmune. Pero los virus y microorganismos tienen vidas son muy cortas, tienen tasas de mutación más altas y tienen tamaños poblacionales enormes, por lo cual pueden evolucionar mucho más rápido que nosotros los hospederos (Freeman & Herron, 2002). La reproducción sexual es una forma de cambiar los “cerrojos” inmunes en cada generación.

El sistema de apareamiento humano es diferente al de cualquier otro animal, pero eso no escapa a las leyes que gobiernan estos sistemas. Somos mamíferos, por lo cual la inversión por parte de las hembras es mayor que la de los machos. Las mujeres contribuyen con 9 meses de embarazo, unos dos o tres años de cuidado maternal, entre muchas otras cosas. Los machos contribuyen con unos minutos de sexo y una cucharada de esperma. Los hombres somos en promedio 1.15 veces más grandes que las mujeres, lo cual indica que durante nuestra evolución los hombres han competido por las mujeres, con la consecuencia de que algunos se aparean más y otros no, todo lo cual resulta en una tendencia a la poliginia (poli = varios gino = hembra) según Low (2001). Un indicativo, por lo menos en simios (gibones, orangutanes, gorilas, chimpancés y humanos) de que tan fieles o promiscuas tienden a ser las hembras de una especie es el tamaño de los testículos (Weckerly, 1998). Las hembras de chimpancés tienden a ser promiscuas y tendrá más posibilidad de que el espermatozoide que fertilice el óvulo pertenezca al macho que más semen le introdujo, por lo cual los chimpancés tienen testículos inusualmente grandes para su tamaño corporal. En contraste, un gorila tiene un tamaño de cuatro veces el de un chimpancé, pero sus testículos son cuatro veces más pequeños, pues las hembras del harem de un gorila macho no tienen oportunidad de copular con otros machos porque estos tienen el doble de su tamaño y monopolizan a sus hembras. Los hombres tenemos testículos más pequeños, en relación con nuestro tamaño corporal que los chimpancés, pero más grandes que los de los gorilas, lo cual indica que las mujeres no son desenfrenadamente promiscuas pero tampoco son monógamas todo el tiempo. Los infantes humanos dependen de sus padres por un período mucho mayor que otras especies, pues nacemos de forma prematura y además el aprendizaje es muy importante y por lo tanto más largo en el tiempo en nuestra especie. Entonces los niños, además del cuidado de sus madres, necesitan de los recursos de sus padres, quienes entre otras cosas han proporcionado carne para su desarrollo. Esto es muy importante, pues sin proteína animal, el cerebro humano no se desarrolla adecuadamente.

Como sucedió en humanos, el cuidado parental puede evolucionar cuando las crías son vulnerables y fáciles de defender por el padre, y cuando el padre, con relativa facilidad, pueda proporcionar comida concentrada como la carne. Cuando la evolución produce padres devotos, el juego del apareo cambia. Una hembra puede escoger a un macho basándose en la habilidad y voluntad de este último en invertir en las crías. En este caso los machos no son los únicos que compiten por las hembras, estas últimas también lo hacen por los machos ¿será por eso que nuestra especie las mujeres son el sexo más vistoso? Pero la competencia es diferente entre los sexos: los hombres van a competir por mujeres fértiles dispuestas a copular, y estas van a competir por machos que estén dispuestos a invertir recursos en las crías. Hay que hacer una aclaración. Como en la mayoría de especies de mamíferos, en las ancestrales sociedades de cazadores y recolectoras, los territorios y sus recursos eran defendidos por los machos. Así, cuando un macho tiene más recursos para invertir (es decir tiene un mejor territorio), a las hembras les puede ir mejor compartiendo a un macho ganador, lo cual resulta en arreglos poligínicos, porque una fracción de una buena cantidad de recursos de un macho ganador, puede ser mejor que todos los recursos de un macho perdedor.

La competitividad entre machos, y lo selectivo de las hembras, están presentes en virtualmente todo el reino animal. La selección sexual predice que los miembros del sexo que menos invierte energía biológica en reproducción (los machos) van a competir por los miembros del sexo que más invierte en reproducción (las hembras). Un óvulo humano es 85,000 veces más grande que un espermatozoide (Wilson, 2004). Las consecuencias de este dimorfismo gamético (los gametos son las células sexuales como óvulos y espermatozoides) se ramifican en toda la biología y psicología del sexo humano. Una mujer solo nace con unos 400 óvulos, de los cuales un máximo de alrededor de 20, se pueden convertir en bebés. Al contrario, un hombre libera unos 100 millones de espermatozoides con cada eyaculación. Una vez lograda la fertilización, el compromiso meramente físico de un hombre ha terminado, y ambos sexos se benefician por igual pues la representación de los genes de cada miembro de la pareja en la descendencia es la misma (50%)

El éxito reproductivo de los machos varía y el mismo depende de la cantidad de hembras a las cuales puedan tener acceso, es decir, el éxito reproductivo de los machos se da por cantidad. El éxito reproductivo de las hembras no depende de con cuantos machos se apareen, pues en el caso de las mujeres por ejemplo, las mismas solo se pueden reproducir una vez por año (gestación y amamantamiento). Es por esto que el éxito reproductivo de las hembras se por calidad. Teniendo en cuenta esto y que en el caso de los humanos la crianza de un infante es larga y complicada, las mujeres tienen mucho más que perder si escogen mal a su pareja, por lo cual serán mucho más cuidadosas a la hora de elegir. Es por todo esto que el 90% de las especies de mamíferos son polígamos, más exactamente poligínicos. En los humanos es un poco más complicado, pues aunque es obvio que los hombres no tienden a ser monógamos, tienden a ser más cooperativos en la crianza de los infantes con respecto a otros mamíferos. Esto limita un poco la posibilidad de que los hombres busquen otras parejas, por lo cual no es una sorpresa que hagan mucho énfasis en la fertilidad y potencial reproductivo de la hembra(s) que escoge(n) (Dunbar et al., 2011; Evans & Zarate, 2010).

Relacionado con esto, otra diferencia en cuanto al comportamiento sexual de mujeres y hombres, es que estos últimos, al más leve indicio de sexo, se excitan (Ellis & Symons, 1990; Moir & Jessel, 1992; Salmon & Symons, 2004). Y este comportamiento ha sido visto en muchas otras especies. No tendría sentido que las mujeres se excitaran fácilmente al ver la foto de un hombre desnudo, pues una mujer fértil nunca se queda corta en cuanto pretendientes sexuales, y en ese mercado ella puede buscar el mejor marido disponible u obtener recursos por su favores sexuales. Los hombres perciben la desnudez femenina como una invitación, mientras que las mujeres pueden ven la desnudez masculina como una amenaza. A diferencia de los hombres, las mujeres no buscan ver imágenes de hombres desconocidos desnudos con los cuales podrían tener sexo, por lo cual virtualmente no hay un mercado pornográfico para las mujeres. El equivalente de la industria pornográfica para las mujeres, son las novelas románticas, en las cuales el sexo es descrito dentro de un contexto de emociones y no en una sucesión de cuerpos sacudiéndose entre sí (Pinker, 2008, 2009; Salmon & Symons, 2004; Snitow, 1979). Esta avidez masculina por la pornografía que está basada en el hecho de que los hombres quieren tener sexo con la mayor cantidad de mujeres posible, sin fijarse mucho en la calidad de las mismas. Entre más grande sea el número de mujeres al cual un hombre tenga acceso sexual, más descendencia, y parece que nunca es suficiente. Y la cantidad y variedad de compañeras sexuales aumenta conforme el macho tenga un mejor y más grande territorio, con buenos recursos para las futuras crías. Esto se llama poliginia por territorio. En términos culturales, esto se reduce a que entre más dinero tenga un hombre, tendrá acceso sexual a una mayor cantidad y variedad de mujeres. Todo esto refuerza el hecho de que nuestra especie tiende a ser poligínica (Low, 2001). De hecho, este tipo de arreglo se ha observado en más del 80% de las culturas humanas (Dunbar et al., 2011; Pinker, 2008, 2009). Esto es cierto incluso cuando aparentemente el arreglo es monógamo. Muchos hombres acaudalados tienden a tener relaciones monógamas secuenciales divorciándose para casarse con mujeres más jóvenes que su compañera actual (Dunbar et al., 2011; Evans & Zarate, 2010).

Todo esto, hace que sea más probable que un hombre le pague a una mujer por tener sexo y no al revés. En las sociedades de cazadores y recolectores, las mujeres abiertamente le piden regalos a sus amantes; generalmente carne. Se puede ir concluyendo que las mujeres tienden a ser sexualmente más fieles que los hombres, pero eso no quiere decir que sean 100% fieles, de lo contrario los hombres por ejemplo, no tendríamos testículos más grandes que aquellos de los gorilas. ¿Qué gana una mujer con ser un poco infiel? Puede ganar favores y regalos por parte de sus amantes, o si es lo suficientemente hábil para no ser descubierta, puede mezclar buenos genes (relaciones fugaces) con la posibilidad de obtener buenos recursos para ella y sus crías de un hombre acaudalado (relación estable y larga) y con deseos de proporcionar cuidado paternal (Pillsworth & Haselton, 2006).

Así, ambos sexos utilizan estrategias de apareamiento de largo plazo (sobre todo las mujeres) y de corto plazo (sobre todo los hombres). Cuando se trata de buscar relaciones de corto plazo, a los hombres les gusta las mujeres con un abundante historial sexual, pues esperan que el pasado se repita en forma de una conquista fácil. Pero cuando se trata de buscar una relación de largo plazo, los hombres obviamente prefieren mujeres fieles y juiciosas, para minimizar el riesgo de resultar proporcionando recursos a una cría que no es propia. Esto es llamado por Pinker (2009) la dicotomía prostituta vs virgen.

Cuando se trata de relaciones de corto plazo, las mujeres pueden fijarse en lo físico, pero en general, el aspecto físico de un pretendiente no es lo más importante. El hecho de fertilidad de un hombre no declina tan rápido con la edad como la de las mujeres, no es un sesgo cultural, y tiene que ver con el hecho que en los hombres, salvo algunos casos de andropausia, podemos ser fértiles desde la pubertad hasta el resto de nuestras vidas, por lo cual fijándose en el aspecto físico, una mujer no va obtener mucha información fiable sobre la fertilidad de un hombre.

Entre otras cosas asimetrías ya explicadas y dado que una mujer no se puede deshacer de un hijo tan fácilmente como lo puede hacer un hombre, ellas deberían ser capaces de diferenciar entre un hombre que busca una estrategia de apareamiento a largo plazo vs otro que busque una estrategia de apareamiento a corto plazo. Las mujeres que no pudieran hacer esta distinción corrían el riesgo de ser madres solteras, lo cual bajaba las probabilidades de que la cría sobreviviese. La selección natural dotó a las mujeres con varios mecanismos mentales para ayudarles a evitar este destino. Además de tener los módulos mentales detectores de mentiras hipertrofiados con respecto a los de los hombres, uno de estos mecanismos son las tácticas dilatorias de las mujeres. Estas últimas tienden a ser más cautelosas que los hombres a la hora de tener sexo. Este tiempo de espera le permite a la mujer por ejemplo extraer recursos materiales del hombre para probar su compromiso con ella. Esto le permite a la mujer asegurarse de que un hombre está interesado en una relación de largo plazo y que no está simplemente buscando sexo para una noche solamente.

¿Cómo solucionaron nuestros ancestros el problema de seleccionar parejas con “buenos” genes y evitar aquellos con “malos” genes? Evolucionaron formas indirectas de medición como la sensibilidad a pequeñas diferencias en la apariencia física. Por ejemplo, entre más simétrico sea un cuerpo, en promedio serán mejores los genes de tal individuo pues la simetría es genéticamente difícil de lograr (Evans & Zarate, 2010).

Si una mujer se guía solamente por la capacidad de un hombre en colaborar con la crianza, se guiará por claves que el candidato sea bueno consiguiendo recursos, lo cual en sociedades de cazadores/recolectores se mide principalmente en la habilidad de un hombre para ser un buen cazador. En sociedades agrícolas e industriales esto se reduce a cuanta riqueza tenga el candidato (Dunbar et al., 2011; Evans & Zarate, 2010). Y aunque lo siguiente es modificable por la educación, es por todo lo anterior que las mujeres tienden a ser hipergámicas según Wilson (2004) o hipergínicas según Dunbar et al. (2011). Es decir tienden a buscar hombres con más estatus socio-económico-cultural. Lo anterior, sumado al hecho que las mujeres maduran más y más rápidamente especialmente desde el punto de vista de la inteligencia social emocional (Goleman, 2004; Joseph, 1996), tiene como consecuencia que las mujeres tiendan a buscar hombres que son mayores que ellas con caracteres físicos más desarrollados, dentro de los cuales es protagonista la estatura.

Si estas preferencias evolucionaron por selección natural, deben ser universales para todas las culturas. Buss (1995) diseñó un cuestionario y se lo dio a más de 10,000 personas de 37 países en seis continentes y cinco islas. El cuestionario lo respondieron personas de sociedades tanto monógamas como poligínicas, tradicionales y liberales, comunistas y capitalistas. Los resultados indican que tanto para hombres como mujeres, es muy importante la inteligencia, bondad y comprensión. Este estudio también demostró, que a lo largo de los países, hombres y mujeres difieren consistentemente en otros criterios de escogencia de pareja. Las mujeres valoran más la capacidad de ganar dinero que los hombres; las mujeres le asignan un mayor valor al estatus, ambición y laboriosidad. Y más aún, valoran la confiabilidad y estabilidad más que los hombres. Estos resultados han sido replicados varias veces (Pinker, 2008, 2009). Se encontró que las mujeres no estaban dispuestas a salir o tener sexo con un hombre vestido con indumentaria de bajo nivel. Pero que estaban dispuestas a considerar todas estas relaciones con un hombre vistiendo ropas de alto nivel, incluso cuando era el mismo hombre en todas fotos. La predicción evolucionista sobre las preferencias femeninas por los hombres con recursos fue confirmada. Como en la mayoría de estudios sobre las diferencias entre hombres y mujeres, los datos obtenidos Buss (1995) mostraron un gran traslape en los puntajes de cada sexo. Sin embargo, la diferencia entre el promedio de los puntajes masculinos vs los femeninos fueron significativas.

Los hombres, universalmente, prefieren compañeras más jóvenes. La explicación evolucionista para esto es que el éxito reproductivo está mucho más relacionado con la edad en las mujeres que en los hombres. En las mujeres la fertilidad llega a su pico al principio de sus 20s, declina después de los 30 y cesa absolutamente durante la menopausia, lo cual probablemente le sucedía a las mujeres de la edad de piedra a los 40s cuando la dieta era menos nutritiva. Por todo esto los hombres valoran mucho más los signos de juventud y belleza en una mujer que lo que estas lo hacen en los hombres (Evans & Zarate, 2010). Es por eso que los hombres estamos destinados a convertirnos en unos “viejitos verdes”, pues conforme avanzamos en edad, nuestra edad objetivo siguen siendo mujeres de 20 años. De todos modos todavía hay muchas personas que piensan que los estándares de belleza son enteramente artefactos culturales. Pero en las últimas décadas se ha ido acumulando evidencia que muestra que hay muchas preferencias estéticas que son innatas y universales.



Aunque son tendencias universales, es obvio que pueden ser moderadas por la cultura. Antes, todas estas pistas físicas eran una indicación de las salud, fertilidad y potencial reproductivo, pero las mujeres actualmente tienen menos bebes, los tienen más tarde, están mejor nutridas y están menos expuestas a las duras condiciones ambientales a las cuales estuvieron expuestas las mujeres ancestrales de sociedades de cazadores y recolectoras. Como consecuencia de todo esto, las mujeres actuales pueden parecerse físicamente a adolescentes ancestrales, estando ya entradas en años. Y además la industria cosmetológica y de belleza femenina en general puede exagerar estos rasgos indicativos de juventud y fertilidad. Aunque los criterios de selección de pareja por parte de los hombres son universales y por ende no son una conspiración de estos para oprimir a las mujeres como lo argumentan las feministas, esto no quiere decir que la industria de la belleza sea completamente inocua. El estar constantemente a viendo gente bonita en los medios de comunicación, puede recalibrar nuestra escala de preferencias, y nos puede hacer sentir feos, lo cual obviamente afecta más a las mujeres que a los hombres; y en casos extremos puede llevar a desarrollar desordenes psico-digestivos como la anorexia y la bulimia.

Estás claves de belleza física que los hombres buscan en las mujeres pueden estar también relacionados con el concepto de neotenia, el cual en términos generales se refiere a la retención de caracteres infantiles en los adultos. Los humanos somos una especie neoténica pues somos chimpancés neoténicos que no completan su desarrollo y nos reproducimos como juveniles. Según Desmond Morris (1995) los hombres somos comportamentalmente neoténicos (nos comportamos como niños) pero físicamente maduramos más que las mujeres. En las mujeres sucede todo lo contrario. Comportamentalmente maduran más y más rápido que los hombres, pero físicamente son más neoténicas.

Cuando se está buscando un compañero de largo plazo, tanto mujeres como hombres buscan una pareja fiel. Sin embargo celamos de una forma diferente. La voluntad para invertir recursos en las crías por parte de los machos es una preocupación para las mujeres, por eso ellas tienden a celar por recursos (Buss et al., 1992). Las mujeres siempre están seguras que un hijo es suyo, por lo cual la mera infidelidad sexual no les preocupa tanto. Lo que realmente les produce celos es la infidelidad emocional. El que su hombre tenga una amiga del alma hacia la cual se estén desviando recursos. Los hombres celamos por todo lo contrario. Para los hombres es mucho más preocupante una infidelidad sexual que una infidelidad emocional dado que los riesgos para nosotros son mayores (Buss et al., 1992) porque la mujer puede quedar embarazada por parte del otro hombre, y su compañero comprometido puede terminar invirtiendo mucho tiempo y energía en un niño que no lleva sus genes. Obviamente a nadie le gusta que su pareja tengo sexo o sea muy afectuosa con otra persona, pero las razones cambian de acuerdo al sexo. A los hombres no les gusta que sus compañeras sean afectuosas con otro hombre porque eso las puede llevar a tener sexo con otro hombre. Al revés, las mujeres no les gusta que su hombre tenga sexo con otra mujer porque eso puede llevar a que su hombre sea afectuoso con su amante (Pinker, 2008, 2009).

Aunque suene banal, una de las formas más exitosas por medio de las cuales lo psicólogos evolucionistas han examinado las preferencias a la hora de escoger pareja en humanos es analizando los avisos clasificados publicados por personas que buscan pareja. En general las mujeres que ponen clasificados de este tipo, buscan por encima de otras cosas, dos claves en los hombres: estatus económico y aquellos que se muestren dispuestos a invertir tiempo, energía y recursos significativos en una relación. Al contrario, los clasificados publicados por hombres solitarios muestran una fuerte inclinación hacia la belleza física de la mujer que están buscando (Dunbar et al., 2011). Los hombres buscan mujeres jóvenes y atractivas físicamente hablando, y las mujeres buscan seguridad financiera, altura y sinceridad. Las mujeres sí leen los perfiles de los anunciantes. Los hombres solo miran las fotos. Incluso mujeres con grandes salarios, posgrados y carreras prestigiosas y exitosas, le ponen un valor incluso mayor al estatus de un candidato para esposo (Pinker, 2008, 2009).

Conclusiones: El estudio de las tácticas de selección de pareja en humanos está todavía en su infancia. Nos hemos concentrado en algunos de sus aspectos más estudiados. Se debe señalar también que las personas obviamente no se fijan en un solo carácter para tomar decisiones con respecto a la escogencia de pareja(s), sino se basan en un complejo arreglo de características para tomar estas decisiones. Podemos acercarnos a definir unos cuantos puntos clave que influencian la escogencia de pareja(s), pero estas decisiones ocurren en un mundo complejo en el cual existe por ejemplo la presencia de rivales y más importante aún, como cualquier conjunto de comportamientos, está altamente influenciado por la cultura.

Literatura Citada
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